Raons d’esperança de Carlos Salord

“A ESTO, YA NO HAY QUIEN LO PARE”

El otro día, en vistas de lo que está sucediendo en Cataluña, un amigo que ya ha cumplido los ochenta años, nada sospechoso de activismo político, me decía, con referencia a las aspiraciones independentistas catalanas: “A esto, ya no hay quien lo pare”.

Son más de cien años desde que el doctor Robert planteó por primera vez, en 1901 ante las Cortes, las aspiraciones del catalanismo político pidiendo, entre otras cosas, el reconocimiento de la identidad nacional -la lengua- y un concierto económico. Le motejaron de separatista. Vino luego la Mancomunidad, el primer Estatuto de Autonomía durante de la II República, los cuarenta años de opresión del franquismo, el primer estatuto de la nueva democracia y el estatuto actual promovido por el socialista Maragall bajo los auspicios de Zapatero, entonces Jefe del Gobierno -“lo que vosotros aprobéis, esto pasará”- que, una vez aprobado por el Parlament, fue también aprobado por el Parlamento español, después de ser esquilmado por el Gobierno y, por último, aprobado por referéndum en Cataluña. El partido popular lo recurrió ante el Constitucional y éste anuló y modificó varios artículos, causando una gran decepción que provocó un giro político en Cataluña. Los independentistas con el 48 por cien de los votos tienen mayoría en el Parlament y en el 2017 aprobaron leyes de desconexión con el Estado español y organizaron un referéndum desobedeciendo las indicaciones del Constitucional, dando paso a las confrontaciones del 1-O. Siguieron las detenciones de consellers, de la presidenta del Parlament, de los presidentes de la ANC y de Omnium Cultural, el exilio del President y otros consellers, el inicio de un proceso en el Supremo que ha sentenciado imponiendo penas muy duras, por sedición, de 13, 11 y 9 años de cárcel e inhabilitación, soliviantando más los ánimos de los independentistas y dando paso a las manifestaciones y altercados de estos últimos días.

El problema de Cataluña se ha convertido en el principal problema de España. En un tumor maligno cada vez más peligroso que mediatiza la política de todo el Estado sin que, de momento, se vislumbren soluciones. Se han roto los puentes del diálogo. Pero, a mi modo de ver, no hay que perder la esperanza de llegar, para el bien de todos, a una solución pacífica del conflicto.

Creo que es necesario superar el viejo concepto de patria y de que su unidad sea un bien que hay salvaguardar a toda costa y por encima de todo, cuando en realidad el bien primordial radica en el respeto a los derechos fundamentales de la persona humana, de donde debe seguirse el bien de la patria. Tirando de aquí se llega al derecho de los pueblos y de las naciones a constituirse en estados. No es posible alegar al concepto de unidad de la patria para sojuzgar a una parte de ella que conforma una nación: pretensión radicalmente egoísta. De donde se sigue que si de un estado se desgaja parte de él para formar otro estado, ambos pueden y deben convivir armónica y pacíficamente. Por fortuna hoy existen instituciones en las que es factible esa convivencia pacífica. Para nosotros, la principal de ellas, la Unión Europea, a donde debería acudirse con el asentimiento de ambas partes.

Pero no cabe duda de que, para iniciar este proceso, se necesita saber cual sea la voluntad de los ciudadanos expresada en un referéndum de autodeterminación, en cuya convocatoria consten claramente cuáles son las alternativas. Si por un lado es la independencia, por el otro el encaje de Cataluña en España por medio de un estatuto, de una federación, de una confederación. Las encuestas dicen que alrededor del 80 por cien de los catalanes están de acuerdo con este planteamiento. La ley, en cambio, es el argumento que contraponen los adversarios. Ni la interpretación favorable, ni la modificación constitucional son vías por las han querido entrar los partidos de ámbito nacional. Este es el muro que impide todo acuerdo. Pero no hay que perder la esperanza porque, como atestigua la historia, son muchos los muros que, con el tiempo, se han derruido. En un momento dado la presión puede llegar a ser tan fuerte que, como decía mi amigo, ya no hay quien -ni muro- que la pare.

Carlos Salord,  Advocat

publicat al Diari Menorca 27-10-2019