Raons d’esperança de Carlos Salord

VIVIR LA PAZ

Los clásicos definieron la paz como la tranquilidad o la seguridad en el orden. Se entiende así la paz como una resultante que se desprende de la vigencia y acatamiento fiel a un orden determinado. Ese orden, según el ámbito concreto de la convivencia humana, puede proporcionarnos una paz a nivel internacional, nacional o local. O según qué aspecto de esa convivencia puede redundar en una paz política, social, religiosa, familiar o individual. Una paz siempre necesaria para la convivencia humana.

También decían los clásicos: “Serva ordinem et ordo servavit te”. Guarda el orden y el orden te guardará a ti. Entre personas el orden viene determinado por el respeto a ese círculo íntimo, inalienable y elemental formado por el conjunto de derechos y obligaciones propios de la persona humana que conforman la esfera de su dignidad. Por lo que conviene tener bien definidos y asentados esos principios, en la inteligencia y en la voluntad, porque de su observancia depende nuestra existencia pacífica.

Al hablar de derechos y obligaciones nos adentramos en el terreno de la justicia, por lo que cumplir con toda justicia ha de ser una condición esencial para vivir en paz. Pero la sola y fría justicia no es suficiente. El pasado domingo, día de Cristo Rey, nos decían en qué consiste el Reino de Dios: un reino de verdad, de santidad y gracia, de justicia, de amor y de paz. Un reino de justicia sí, pero también de verdad. Un régimen, cualquiera que sea su naturaleza, cuyas leyes no se encuentran basadas en la verdad no puede ser perfecto ni justo. Verdad y justicia, dos ingredientes que se complementan y que nos llevarían muy lejos. Pero, existe todavía otro ingrediente que los perfecciona y nos lleva más allá de la justicia que es el amor. Una paz justa conformada por el amor puede parecer perfecta. Y humanamente lo es. Pero para un cristiano esa perfección se consigue poniendo a Dios por en medio. El amor que nos relaciona con Dios y se confía en su gracia.

Hoy, con el primer domingo de Adviento, comenzamos el tiempo para prepararnos a vivir esa sublime lección de amor y de paz que proporciona Dios a los hombres: el alumbramiento de Jesús, por parte de la virgen María, en el establo de Belén. Dios, en la segunda persona de la Santísima Trinidad, se abaja, toma carne humana y nace en un establo porque no hubo sitio para él y su familia en el mesón. Jesús, un bebé totalmente indefenso, se pone en manos de los hombres. Se nos confía totalmente, a pesar de saber cómo reaccionarán los corazones humanos: unos le amarán y otros le odiarán. Pero él viene con una misión: viene a salvarnos, a redimirnos. Superando todas las ingratitudes actuará totalmente desarmado, pacíficamente, enseñando, con su ejemplo y su palabra, la doctrina salvadora: la verdad, la luz que nos ha de alumbrar en el camino de la vida. Curará enfermos, devolverá la vista a los ciegos… ¡enseñará a todos! Unos le acogerán, otros restarán indiferentes y otros atentarán contra su vida. Él dejará hacer, como oveja que llevan al matadero. Aquel que es todopoderoso, muriendo en la cruz, ofrecerá voluntariamente su vida al Padre para salvarnos de nuestros pecados, restableciendo la paz entre Dios y los hombres. Esa suprema lección de amor demanda de nosotros una agradecida y generosa respuesta con nuestra vida: vivir la paz como la vivió Jesucristo, dando testimonio, con el ejemplo y con la palabra, de la fe que profesamos.

Carlos Salord,  Advocat

publicat al Diari Menorca 08-12-2019