Raons d’esperança de Carlos Salord

SACERDOCIO LAICAL

Existen dos tipos de sacerdocio: el ministerial, propio de los sacerdotes que han recibido el sacramento del orden y el común de todos los fieles cristianos. Este es el sacerdocio que los laicos, por el hecho de ser fieles, pueden y aun deben llevar a cabo. Consiste en la capacidad de ofrecer a Dios sacrificios que le agraden, sacrificios que pueden consistir desde todos y cada uno de los actos humanos hasta su vida entera. Todo lo que el cristiano realiza por amor a su Dios le queda consagrado, adquiere una nueva dimensión que trasciende lo meramente humano para convertirse en sobrenatural o divino.

Esta facultad se le transmite al cristiano mediante el sacramento del bautismo, junto con el perdón de los pecados (el original y los personales), la condición de hijo de Dios, de miembro de la Iglesia, de ser templo del Espíritu Santo y receptor de la Gracia. Se trata de una facultad maravillosa, pues todo aquello en que interviene una persona puede ser consagrado, divinizado si se hace por amor de Dios. Es como lo que le pasaba a aquel rey del cuento -el rey Midas- que todo lo que tocaba se convertía en oro y se murió de hambre. En nuestro caso todavía es algo mucho más valioso. Toda acción honesta hecha por amor a Dios se convierte en sobrenatural sin perder su condición humana. De este modo el cristiano puede llenarse las manos de obras buenas agradables a Dios que le abren las puertas del cielo. Un inmenso tesoro si se piensa en todo el abanico de las actividades humanas durante toda una vida. El campo del trabajo y de la profesión, de las relaciones familiares y sociales, de las derivadas de su condición de ciudadano. Esta es precisamente la función propia del laico, ordenar todo lo que interviene según el querer de Dios.

Para conseguir este empeño el cristiano tiene que luchar para mantener vivo el fuego del amor. Si el fuego se apaga la materia no arde, sus obras se quedan solo en humanas sin valor sobrenatural. El fuego se aviva con el soplo de la gracia y ésta fluye con la oración y los sacramentos, que son sus fuentes. Sin oración y sacramentos el cristiano no quema. En cambio
con la ayuda de la gracia es como el cristiano puede santificarse y santificar todo lo que hace.
Y, naturalmente, lo que hace debe estar bien hecho. El verdadero amante no quiere ofrecer al amado nada defectuoso. El Señor nos lo dice claramente: “Sed perfectos como mi Padre celestial es perfecto”. Y el Concilio Vat. II: “Todos los fieles, de cualquier estado o régimen de vida, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad”. El cristiano deberá esforzarse por adquirir las virtudes, esos hábitos de realizar bien todas las cosas. Se trata de una verdadera lucha en la que el cristiano ha de emplear todas sus facultades: inteligencia y voluntad. “El que quiera ser mi discípulo que se niegue a sí mismo, lleve su cruz de cada día y me siga”. Este es el mandato del Señor. Luchar contra el egoísmo y entregarse, con espíritu de servicio y con plena libertad, a cumplir la voluntad de Dios. Hace unos días celebramos la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. Cristo murió cumpliendo la voluntad del Padre: redimirnos ofreciendo su vida clavado en la cruz. Constituye para todos los cristianos el ejemplo supremo, que los laicos deben imitar en su actividad secular en medio del mundo con el mismo empeño de Cristo: con heroicidad.

Carlos Salord,  Advocat

publicat al Diari Menorca 22-09-2019