Raons d’esperança de Carlos Salord

ALEGRÍA  DESBORDANTE

Al empezar a escribir estas líneas en la fiesta de la Visitación de Ntra. Señora, pienso en aquellas escenas evangélicas y me doy cuenta de que debemos meternos en ellas porque están narradas también para nosotros. La Virgen ha pronunciado el “hágase en mí según tu palabra” y se ha encarnado en su seno del Hijo de Dios. El ángel le ha participado que su prima Isabel, contra toda esperanza, está embarazada y se encuentra ya en el sexto mes. María corre a su casa para ayudarle hasta que infanta al pequeño. El ángel también le ha dicho que tú y yo hemos sido constituidos por el bautismo en hijos de Dios y corre a nuestra morada, a nuestro corazón, para ayudarnos para llegar a ser, a lo largo de toda nuestra vida, verdaderos hijos que agradan a su padre. ¡Qué alegría contar con esta ayuda! Ella, la llena de gracia, la que deseaba ser una sirvienta, ha sido constituida en madre de Dios y tú y yo, sin ningún merecimiento, en hijos. Cuando llega la Virgen a nuestra morada se reproduce la explosión de aquella alegría desbordante del Magnificat, porque también nosotros lo sabemos todo y la Virgen no puede ocultar su condición y la recibimos como madre de Dios y madre nuestra. ¡Qué alegría, seguridad y firmeza en la fe nos infunde María!

Estas líneas saldrán a la luz el día de Pentecostés.  El día en que conmemoramos la venida del Espíritu Santo a nuestros corazones. Tú y yo nos encontramos junto a la Virgen y los demás apóstoles y sentimos el fuego divino que abrasa nuestro corazón. El Espíritu Santo es Dios con nosotros, el que nos santifica y nos alcanza la culminación de la obra redentora iniciada con la encarnación y proseguida con la predicación, pasión, muerte y resurrección de Cristo. Para nosotros tiene una importancia capital. Es el mismo Dios que mora en nuestro interior. Nos hace sentir miembros de la familia divina, participantes de su naturaleza, verdaderos hijos de Dios.

Tú y yo hemos de estar atentos a la presencia del Espíritu para poder vivir fielmente la filiación divina. Si lo estamos comprenderemos el sentido de nuestra existencia y las verdades capitales de nuestra fe; veremos el sentido divino de nuestro caminar terreno, la verdadera razón de todo lo creado a nuestro alrededor y el uso que debemos darle. Percibiremos la infinita sabiduría, la omnipotencia, la bondad y la naturaleza íntima de Dios. Entenderemos con claridad que la creación entera, todo, en una palabra, ha venido de Dios y a Dios se ordena. Discerniremos lo que agrada a Dios y lo que de Él nos separa. Que hemos de amar el mundo y las realidades temporales porque hay algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes que toca a cada uno de nosotros descubrir y que al desempeñar con amor lo más intrascendente de las acciones diarias, aquello rebosa de la trascendencia de Dios. Amamos las cosas de la tierra y las valoramos según su justo valor, el que tienen para Dios.

Los apóstoles rezaban con María. Tú y yo también. Ella, la madre del Amor Hermoso, la esposa de Dios Espíritu Santo, nos ayudará a asimilar mejor sus enseñanzas para ser testigos de Cristo en los confines de la tierra, confiados y seguros, con aquella paz y el amor, filial y fraterno, que el Espíritu nos infunde. ¿Podrá alguien extrañarse de que, habitando el dulce Huésped en nuestra alma, desborde nuestro corazón de alegría?

 

Carlos Salord,  Advocat

publicat al Diari Menorca 09-06-2019