Raons d’esperança de Carlos Salord

JESUCRISTO Y LA PLENITUD DE LOS TIEMPOS

¿Por qué se dice que con Jesucristo nos ha llegado la plenitud de los tiempos? Porque ha llevado a cabo nuestra redención liberándonos del error, alumbrándonos con la verdad, enseñándonos el auténtico sentido de la vida, nuestra razón de ser, restableciendo la dignidad de la persona humana. ¿No son estas actuaciones algo esencial para el hombre, el ser más perfecto y creado por Dios a su imagen y semejanza, pero débil después de su infiel caída?

En estos días estamos celebrando la Pascua, la inmolación de Cristo en la cruz y el hecho señero de su Resurrección, que viene a probar y confirmar toda la obra del Dios hecho hombre, su divinidad, su doctrina, la generosidad de su entrega. Todo un proceso, el de la Redención, que revela el gran amor de Dios uno y trino hacia nosotros los hombres.

Jesucristo es y ha de ser el paradigma de la vida humana. Nuestro Padre Dios nos lo ha dado en su deseo de manifestar al hombre cómo ha de vivir para ser un verdadero hombre. Por tal motivo Jesucristo se encarnó para hacerse más asequible a todos nosotros. Nació en el seno de una familia, aprendió un oficio, pasó la mayor parte de su vida trabajando en un taller, fue un ciudadano como todos los demás, cumplió con todas las obligaciones, derechos y deberes, tanto humanos como divinos, con la más absoluta naturalidad. Nos dejó el ejemplo para que nosotros sepamos santificar todos los aspectos y ámbitos en que se desenvuelva nuestra vida ordinaria: familia, trabajo, sociedad, amistad, dolor, alegría. Pues todo lo humano noble es santificable al realizarlo por amor a Dios.

Durante los tres años de su vida pública nos prestó, además, el gran servicio –“no he venido para ser servido sino a servir (Mt 20,28)”- de su doctrina. Recalcó que efectivamente el hombre ha nacido para amar y ser amado, esa corriente de amor entre Dios y los hombres y de éstos entre sí. El gran privilegio de la filiación divina y la hermandad entre los hijos. El amor que se ha de manifestar a través del espíritu de servicio, de la misericordia y del perdón.

Nos llamamos cristianos por el empeño en asemejarnos a Cristo. No se trata de aniquilar al hombre para que resplandezca lo divino, ni huir de las realidades corrientes para llevar una vida santa. No es lo humano que choca con lo divino sino cuando nos desviamos y pecamos. Hemos de luchar contra todo aquello que nos hace menos hombres: los egoísmos, las envidias, la sensualidad…

Debemos ser testimonios de Cristo en todas las encrucijadas de la tierra. A algunos les encomienda la vida consagrada, a otros el ministerio sacerdotal, a la gran mayoría los quiere en medio del mundo, en las ocupaciones terrenas. Debemos, como cristianos, llevar a Cristo a todos los ámbitos donde se desarrollan las tareas humanas: a la familia, a la fábrica, al laboratorio, al trabajo de la tierra, al taller del artesano, a las calles de las grandes ciudades y a los senderos de montaña.

Llegada la plenitud de los tiempos, el hombre redimido ha de dirigir su recuperada libertad, en una lucha llena de esperanza y con la ayuda divina, a la implantación del reinado de Cristo en la tierra: reino de verdad y de vida, de santidad y de gracia, de justicia de amor y de paz.

 

Carlos Salord,  Advocat

publicat al Diari Menorca 11-04-2021

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