Raons d’esperança de Carlos Salord

LAICISMO Y LAICIDAD

A principios del pasado mes de junio tuvieron lugar en Ciutadella unas jornadas organizadas por la CGT sobre el tema del Laicismo. Uno de los intervinientes, el profesor Pere Alzina, manifestó a este mismo diario (4 de junio) que así como el laicismo se ha asociado históricamente a ir en contra del que cree, el nuevo laicismo del siglo XXI trata de poner en práctica una nueva manera de entenderlo: de no ir en contra de nadie y de separarle de la idea de luchar contra lo sagrado. El nuevo laicismo, dice, ha de ser profundamente respetuoso con las personas de una determinada creencia y con las personas que no la tienen. Debe existir, añadía, un compromiso ético por encima del hecho religioso y se ha de educar con el respeto a la diferencia. Alzina terminaba afirmando: Hay que borrar la idea de que una persona laica no va en contra de aquel que cree.

Visto desde el afán de procurar la pacífica convivencia entre todos los hombres, constituye un gran adelanto que una institución como la CGT, marcada por un pasado anarco-sindicalista, haya dado el paso en la expresada línea de pensamiento y de actuación. El antiguo laicismo estuvo comprometido en las luchas contra las creencias religiosas, procurando su desprestigio y discriminación. La Iglesia católica, su doctrina, sus instituciones, clérigos, religiosos y fieles fueron incluso objeto de persecuciones que tantas víctimas ocasionaron en un pasado reciente en nuestro propio país.

Se ha dicho que el hombre es un ser religioso por naturaleza. De hecho la fe en lo sagrado se ha dado en todos los tiempos. La creencia religiosa constituye uno de los derechos fundamentales de toda persona humana y como tal debe ser protegido y respetado. Es una consecuencia de la libertad. Por tanto un laicismo que, con todas sus consecuencias, se muestre respetuoso con el hecho religioso es un laicismo que ha perdido su mordacidad o que, a lo sumo, solo se manifiesta como una reminiscencia renuente de un pasado o para combatir determinadas manifestaciones de un clericalismo residual.

En la Iglesia católica, a partir del Concilio Vaticano II, ha quedado bien delimitado el concepto de lo que se entiende por una persona laica. Todos los miembros que forman la Iglesia son los fieles cristianos, que profesan una misma fe y gozan de una misma dignidad recibida en el bautismo: la dignidad de los hijos de Dios. Ahora bien, por su función estos fieles se diferencian en clérigos, religiosos y laicos. Entre los primeros se distinguen por su diferente grado ministerial en diáconos, presbíteros y obispos. El diácono recientemente ordenado en Ciutadella no es un laico, como alguien ha llamado erróneamente, sino un clérigo. Luego están los religiosos que se han incorporado a una institución canónica reconocida por la Iglesia. Y, por último, los laicos que representan la gran mayoría, el 99 por cien.

No puede identificarse la misión de la Iglesia exclusivamente con el ministerio de los clérigos. Tampoco que la plenitud de la vida cristiana corresponda solamente a clérigos y religiosos. No puede concebirse al laico como un miembro de la Iglesia meramente pasivo, ni su inserción en el orden temporal pueda verse como algo negativo. El laico es el fiel bautizado a quien compete -es su función propia- la santificación directa de la profano. En su cometido el laico trata de ordenar las cosas temporales según el querer de Dios, de hacer realidad el reino de Cristo en la tierra, un reino de justicia, de amor y de paz, en todo lo que le concierne: en la familia, en el trabajo, en las relaciones sociales. Ha de realizar su tarea como un ciudadano entre los demás ciudadanos, creyentes o no, dando testimonio con su vida y con su palabra. Es así como el laico, con la ayuda de la gracia, ha de luchar por llegar a la plenitud de la vida cristiana, en que consiste precisamente la santidad. Entendidas así las cosas resulta evidente que el laicismo es un término caduco y que en su lugar aparece como más idóneo el de laicidad, vocablo que comprende todo el mundo propio de la actuación de los laicos que, conscientes de sus derechos y obligaciones, en su afán de convivir libre y pacíficamente, han de ser los promotores de una sociedad cada vez más próspera y justa.

Carlos Salord,  Advocat

publicat al Diari Menorca 14-07-2019