Los cantos y las plegarias de diferentes países nos han acompañado transmitiendo alegría y esperanza. Esperanza en Dios y en un pueblo cristiano que anuncia y vive la realidad de Dios Padre que siempre nos acompaña.
Servir a Dios, en cualquier país, en cualquier idioma, lleva al encuentro con El. La vida según el Evangelio conduce a amar con la misma intensidad, no importa donde, no importa el idioma. La experiencia fundamental de Jesús, ser hijo amado del Padre, no lo hace encerrarse en si mismo para gustar de esta certeza con egocentrismo. Le impulsa siempre hacia los otros en una actitud transformadora.
Jesús, con su experiencia y vida, nos invita a empezar el camino hacia lo profundo de la realidad, hacia dentro de nuestro ser, hacia el corazón de la vida. El encuentro con la verdad de nosotros mismos y de nosotras mismas es un camino hacia la felicidad.
Hay que acercar la Palabra a la experiencia. Quien ha recibido la Palabra corre el peligro de leerla, repetirla, conocerla, proclamarla o predicarla sin preguntarse: ¿Tengo experiencia de esta Palabra? Cuando en el Evangelio se narra que Jesús puso en pie la mujer encorvada, de nuevo la pregunta es: ¿Nuestro encuentro con Jesús nos pone en pie? ¿De qué encorvamientos nos libera? Cuando se dice que Jesús libero hombres y mujeres de muchas enfermedades, nos preguntamos: ¿De qué sorderas, de qué parálisis, de que ceguera, nos ha liberado? Cuando la Palabra no hace referencia a nuestra propia experiencia, entonces “hemos aprendido” pero, realmente “no sabemos”.
Carmen D’Amato


