Fotografía portada: J.A.Gomila.
La experiencia cristiana no es un recuerdo repetido que suscita emociones en los creyentes. Dos palabras nos ayudan a situarnos: memorial y participación.
Conectamos directamente con el misterio que celebramos. La oblación, es decir, el ofrecimiento que Cristo hace de su vida al Padre en la Cruz se mantiene eternamente presente y nos ayuda a entender la pasión y muerte del Señor, ante todo, como un acto de la misericordia divina: No es sólo un asunto entre el Padre y el Hijo; también es un Cuerpo ofrecido por nosotros y una Sangre derramada para la remisión de los pecados. Este amor infinito y eterno nos conmueve profundamente, nos convierte, nos transforma.
La participación en la celebración eucarística pone de relieve de una manera especial que se trata de una celebración profundamente eclesial: formamos el Cuerpo de Cristo; Cabeza y miembros cohesionados. No somos granos de trigo ni de uva. Somos pan y vino consagrados por la acción del Espíritu Santo que transforma las ofrendas y también nuestras vidas en prolongación existencial de esta unidad y comunión profunda que existe en el seno de Dios. La profesión de fe y la renovación de las promesas bautismales no son algo formal, sino respuesta comprometida al amor de Dios.
Me gustaría mucho que todos aquellos que se acercan a nosotros durante estas solemnidades pascuales se sintiesen deslumbrados al percibir el resplandor del resucitado a través de nuestro amor. Que se sintiesen acogidos y amados, nunca juzgados, deseando permanecer a nuestro lado.
Caminamos juntos con esperanza, con las puertas abiertas, con alegría. Ya no tenemos miedo. El resucitado nos transmite su vida y nos da la paz, para que a su vez podamos difundirla a nuestro alrededor, incluso en estos tiempos difíciles, rodeados de conflictos bélicos y de violencia. La celebración de la resurrección de Cristo proclama con elocuencia que la muerte no es ni tiene la última palabra, porque la vida ha triunfado para siempre.
Vuestro Obispo os felicita cordialmente. El día 22 de abril se cumplirán tres años de mi ordenación episcopal. Cada vez me siento más comprometido con esta Iglesia “resucitada y resucitadora”. Estamos ahora viviendo una etapa denominada de “implementación” del documento final del Sínodo de los Obispos (octubre de 2024). El “redescubrimiento” de esta dimensión eclesial de la Sinodalidad ha suscitado en nosotros el deseo de llevar hasta sus últimas consecuencias la eclesiología del Concilio Vaticano II, que presenta a la Iglesia no sólo como Cuerpo de Cristo, sino también como Pueblo de Dios. Todos, cada uno según su estado, vivimos una corresponsabilidad diferenciada al servicio de la comunión y de la misión de la Iglesia.
Para ayudar a implementar este proceso, a partir del curso próximo comenzaré mi primera visita pastoral a la Diócesis, con mucha ilusión de encontrarme con una comunidad que avanza unida y gozosa en su peregrinar.
Se trata de ejercer la autoridad episcopal de una manera sinodal: “Quien es ordenado obispo no recibe prerrogativas y tareas que deba desempeñar en solitario. Más bien, recibe la gracia y la misión de reconocer, discernir y componer en unidad los dones que el Espíritu derrama sobre las personas y las comunidades, actuando dentro del vínculo sacramental con los Presbíteros y los Diáconos, corresponsables con él del servicio ministerial en la Iglesia local” (Documento Final, n. 69).
La próxima visita pastoral servirá, por lo tanto, para “reconocer y confirmar con autoridad la calidad sinodal del camino recorrido por la comunidad eclesial y los frutos que ha generado, promoviendo así la unidad de la Iglesia que -como ya decía San Juan Pablo II- “no es uniformidad, sino la integración orgánica de las diversidades legítimas,” (Novo Millennio ineunte, n. 46, citado en el Documento Final, n. 39), manifestando así la acción del Espíritu, maestro de armonía” (Secretaria General del Sínodo: Pistas para la fase de implementación del Sínodo, p. 10).
En este tiempo pascual felicitamos también a la Virgen María, Madre de la alegría y de la esperanza. Ponemos bajo su amparo la acción misionera de todos sus hijos que peregrinan en Menorca.
+ Gerardo Villalonga Hellín,
Obispo de Menorca.
