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Homilía Inmaculada Concepción 2025

Hoy, la fiesta de la Inmaculada nos hace contemplar a la Virgen que, por singular privilegio, ha sido preservada del pecado original desde su concepción. Aunque vivía en el mundo marcado por el pecado, no fue tocada por él: María es nuestra hermana en el sufrimiento, pero no en el mal ni en el pecado. Es más, el mal en ella fue derrotado antes aún de rozarla, porque Dios la ha llenado de gracia (cf. Lc 1, 28). La Inmaculada Concepción significa que María es la primera salvada por la infinita misericordia del Padre, como primicia de la salvación que Dios quiere donar a cada hombre y mujer, en Cristo.

Para que esta fiesta de la Inmaculada Concepción no se quede en mera celebración de los “privilegios” de María, sino que nos toque y nos implique profundamente, debemos comprenderla a la luz de las palabras de San Pablo en la segunda lectura.  A nivel personal, podemos escucharlas como dirigidas a cada uno de nosotros: “Dios Padre nos ha elegido en Jesucristo antes de la creación del mundo para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor”. Todos, por lo tanto, estamos llamados a ser santos e inmaculados; es nuestro verdadero destino, es el proyecto de Dios sobre nosotros.

Poco delante, en la misma Carta a los Efesios, Pablo contempla este plan de Dios refiriéndolo no ya a los hombres, singularmente considerados, cada uno por su cuenta, sino a la Iglesia, esposa de Cristo, por lo que podemos escuchar estas palabras en relación a nuestra Iglesia diocesana de Menorca: “Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, purificarla mediante el bautismo y la palabra, y presentársela resplandeciente a sí mismo, sin que tenga mancha o arruga ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada” (Ef 5, 25-27).

Una humanidad de santos e inmaculados: he aquí el gran proyecto de Dios al crear la Iglesia. Una humanidad que pueda por fin comparecer ante Él, que no tenga que huir de su presencia, con el rostro lleno de vergüenza, como Adán y Eva tras el pecado. Una humanidad, sobre todo, que Él pueda amar y estrechar en comunión consigo, mediante su Hijo, en el Espíritu Santo.

¿Qué representa en este proyecto universal de Dios, el misterio de la Inmaculada Concepción de María que hoy celebramos? ¿Comprendemos que en el misterio de la Inmaculada Concepción de María está contenida ya en germen la vocación a la santidad de cada uno de nosotros y de la Iglesia? La liturgia nos responde a esta pregunta en el prefacio de la Misa del día, cuando dirigiéndose a Dios canta: En Ella has señalado el “comienzo de la Iglesia, esposa de Cristo, llena de juventud y de limpia hermosura… Entre todos los hombres es abogada de gracia y ejemplo de santidad”.

En esta fiesta celebramos el comienzo de la Iglesia, la primera realización del proyecto de Dios, en la que existe como la promesa y garantía de que todo el plan irá hacia su cumplimiento: “¡Nada es imposible para Dios!”. María es la prueba de ello. En ella brilla ya todo el esplendor futuro de la Iglesia, ´Por esto, María es llamada “Madre de la Iglesia”.

María no se presenta nunca separada de nosotros, sino con nosotros “como modelo de santidad para el pueblo de Dios”. Nosotros no hemos nacido inmaculados, como por singular privilegio de Dios nació ella; es más, el mal anida en nosotros en todas las fibras en todas las formas. Estamos llenos de “arrugas” que hay que estirar i de “manchas” que hay que lavar. Es en esta labor de purificación y de recuperación de la imagen de Dios, en la que María está ante nosotros como poderosa intercesora.

La liturgia habla de Ella como de un “modelo de santidad”. La imagen es justa, a condición de que superemos las analogías humanas. La Virgen no es como las modelos humanas que posan inmóviles para dejarse pintar por el artista. Ella es un modelo que obra con nosotros y dentro de nosotros, que nos lleva de la mano al representar las líneas del modelo por excelencia, suyo y nuestro, que es Jesucristo, para hacernos “conformes a su imagen” (Rom. 8, 29). Es de hecho “abogada de gracia” ante aún que modelo de santidad.

La devoción a María cuando es iluminada y eclesial en verdad no desvía a los creyentes del único Mediador, sino que les lleva hacia Él. Quien ha tenido la experiencia auténtica de la presencia de María en la propia vida sabe qué esta se determina por entero en una experiencia de Evangelio y en un conocimiento más profundo de Cristo. Ella está idealmente ante todo el pueblo cristiano, repitiendo siempre lo que dijo en Caná: “¡Haced lo que Él os diga!”.

Que profundizar en el misterio de la Inmaculada Concepción, nos ayude a cada uno de nosotros a caminar con esperanza hacia la santidad que no es un ideal inalcanzable y que en este itinerario contamos con la ayuda de la Virgen, “cooperadora maternal de gracia”, como nos recordaba el Concilio Vaticano II. Y que esta contemplación renueve profundamente a nuestra Iglesia Diocesana que pueda presentarse adornada de las cualidades de la Virgen Santa e Inmaculada para atraer a los hombres de nuestro tiempo hacia Dios con su gracia y hermosura celestial. Que así sea.

+ Gerard, Bisbe de Menorca.

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